ONCE REPRESORES CONDENADOS POR CRIMENES DE LESA HUMANIDAD COMETIDOS EN CAMPO DE MAYO
El juicio se realizó por 23 víctimas, entre ellas
siete mujeres embarazadas. También se juzgó a los apropiadores de la
nieta Catalina de Sanctis Ovando. Recibieron perpetua cinco de los once
imputados, entre ellos Santiago Omar Riveros y Reynaldo Bignone.
En la sala entró el ex teniente Carlos Macedra, el hombre que
estuvo a cargo del Batallón Esteban de Luca de Boulogne en 1976. Cuando
se sentó, desde las primeras filas, entre las fotos de los desaparecidos
levantadas por familiares y militantes, alguien dijo, como para
presentarlo: “¡Es el asesino de mi tía!”. Santiago Omar Riveros, el
señor todopoderoso de los crímenes de Campo de Mayo, y Reynaldo Bignone,
segundo señor, decidieron no entrar a la sala de audiencias de San
Martín. Junto a los otro acusados, permanecieron en un protegido espacio
vecino, fuera del alcance de las fotos con los ojos de las víctimas. A
las dos de la tarde, el Tribunal Oral Federal 1 de San Martín, integrado
por Daniel Cisnero, Daniel Petrone y presidido por Héctor Sagretti,
leyó la sentencia del juicio que se llevó a cabo desde agosto del año
pasado por 23 víctimas, entre las cuales había siete mujeres
embarazadas. El tribunal condenó a prisión perpetua a cinco de los once
imputados: Riveros, Bignone y los máximos responsables de la zona, en
juicio por primera vez; Luis Sadi Pepa y Eduardo Corrado, directores de
la Escuela de Comunicaciones del Comando de Institutos Militares de
Campo de Mayo, y el ex teniente Carlos Macedra, uno de los represores
más simbólicos de este juicio, autor del disparo que mató por la espalda
a María Florencia “Kitty” Villagra, de la UES. Los otros cuatro
acusados recibieron penas de entre 16 y 25 años. Los apropiadores de la
nieta Catalina de Sanctis Ovando, Carlos del Señor Hildalgo Garzón,
oficial de Inteligencia del Batallón 601, y María Francisca Morillo
fueron condenados a 15 y 12 años respectivamente.
Entre los condenados hay varios con prisión domiciliaria, entre
ellos el torturador del Campito Carlos Eduardo José Somoza, alias el
“Gordo 2”, sobre quien la fiscalía volvió a pedir la revocación del
beneficio porque violó el código de salidas. Los jueces le revocaron ese
estado, pero como sucede en varios juicios, la cárcel efectiva será
efectiva sólo cuando las condenas queden firmes.
Las dos salas de los tribunales de San Martín inauguradas para este
juicio estaban repletas. Cuando Sagretti leyó la condena a prisión
perpetua de Macedra, la sala estalló en un aplauso. “Tengo muchas ganas
de hablar con mi otra hermana que está en Bariloche para contarle la
noticia”, dijo a la salida Julia Elena Villagra, la hermana más grande
de Kitty. “Todo esto fue como volver un poco a la vida, yo no podía ni
leer el diario, no le creía nada a nadie, no podía volver a vivir. Algo
empezó a cambiar a partir de que me contaron que Macedra estaba en la
cárcel, por ahí soy muy puntual con esto, pero no me cerraba el dolor.
Yo la crié conmigo a mi hermana, para mí era también una hija, quizá si
ella no estuviera muerta, yo no estaría con vida, porque la hubiese ido a
buscar como Daniel (Cabezas) buscó a su hermano Gustavo”, dijo sobre el
compañero de volanteada de Kitty, con el que ella estaba el 10 de mayo
de 1976 cuando le pegaron el tiro por la espada y sigue desaparecido.
“Ahora a creer en este proceso de justicia –dijo ella–, porque se puede,
lo hemos podido hacer.”
Una radio abierta de Sutecba trasmitió durante todo el día desde la
vereda. Por esa mesa, instalada en el centro de la calle, pasó temprano
Catalina de Sanctis. Allí contó su historia, la de su apropiación y la
restitución de 2008. “Decidí en este juicio asumir este rol y ser
querella en la causa de mi apropiación”, dijo. Arriba, sobre una bandera
colgada en las paredes, se leía: “Como a los nazis los iremos a
buscar”. En la calle, se iban concentrando las organizaciones políticas y
sociales de la zona que sostuvieron este juicio a lo largo del año con
la convocatoria a estudiantes y maestros de la zona. Por la radio habló
el compañero de Catalina, Rodrigo, otro de los testigos del juicio. “Yo
la vi a Catalina y la veo hoy día y veo realmente quién es, tiene mucho
más vida, es mucho más alegre: es Catalina, el nombre que le pusieron
sus padres.” Ese escenario, que sacaba el juicio al medio de la calle,
terminó a las dos de la tarde transmitiendo lo que iba ocurriendo desde
adentro del edificio.
Las condenas
Las condenas coincidieron con los pedidos de la fiscalía a cargo de
Marcelo García Berro y en líneas generales con las querellas. Riveros y
Bignone, los jefes máximos del área, recibieron perpetuas por
allanamiento ilegal, robo agravado, privación ilegal de la libertad,
tormentos y por los homicidios de Kitty Villagra y Domingo García, el
esposo de Beatriz Recchia, la madre de Juliana y embarazada cuando la
secuestraron.
En jerarquía, les siguió Eugenio Guañabens Perelló, director de la
Escuela de Apoyo para el Combate General Lemos de Institutos Militares
en 1977, en juicio por la desaparición de María Eva Duarte y Alberto
Aranda. Fue condenado a 16 años de prisión.
Sadi Pepa y Oscar Corrado, los directores de la Escuela de
Comunicaciones del Comando de Institutos Militares de Campo de Mayo, que
también llegaron a juicio por primera vez, fueron condenados a
perpetua. Sadi Pepa fue juzgado por el caso de Beatriz Recchia y Domingo
García. Lo condenaron por el allanamiento ilegal a la casa de los dos,
secuestro y tormentos de ambos y el homicidio de Domingo. Corrado, en
cambio, llegó a juicio, como Macedra, por el secuestro y desaparición de
Gustavo Cabezas y el homicidio de Kitty Villagra. Fue otro de los casos
emblemáticos del juicio. Diseñó una estrategia para intentar demostrar
que para el 10 mayo de 1976 ya había sido trasladado y se desempeñaba
como administrador general en ENTel, la vieja compañía de teléfonos del
Estado. Para sostener esa teoría declararon muchos de sus compañeros de
fuerza. Los testimonios de Stella Segado, actual directora del área de
Derechos Humanos del Ministerio de Defensa, y de la perito Claudia
Belingeri, de la Comisión Provincial por la Memoria, permitieron
demostrar que el 10 de mayo de 1976 seguía en Comunicaciones y que
cambió de área el 21 de junio de 1976. Los jueces lo condenaron a
perpetua.
Macedra llegó al juicio identificado por los colimbas que
participaron del operativo del 10 de mayo en la plaza de Martínez. Lo
condenaron a perpetua por el secuestro y tormentos de Gustavo y el
homicidio de Kitty.
Otro de los grupos de represores condenados por primera vez y como
autores directos fueron quienes actuaron dentro del centro clandestino
El Campito de Campo de Mayo. Entre ellos, dos gendarmes: Julio San
Román, alias “Cacho”, y Hugo Miguel Castagno Monge, alias “Yaya”, los de
la custodia. Con ellos fue condenado Carlos Eduardo José Somoza, alias
el “Gordo 2”, oficial de inteligencia del Ejército, uno de los
interrogadores-torturadores más violentos del centro clandestino. El
tribunal condenó a los gendarmes a 20 años de prisión y a Somoza a 25
años por la condición de torturador. Los tres fueron juzgados por los
siete casos de mujeres embarazadas, secuestradas con sus compañeros, que
dieron a luz en cautiverio y permanecen desaparecidas. Entre ellas, Ana
María Lanzillotto, cuya historia dio entrada durante el juicio a lo que
fue la caída de la dirección del PRT-ERP en julio de 1976, con la causa
madre aún en instrucción.
Juliana García Recchia estuvo ahí, intentando dar otro cierre.
Ramiro Menna, el hijo de Ana María Lanzilotto y del Gringo Domingo
Menna, que aún busca a un hermano o hermana, escribió en un mensaje a
uno de sus tíos: “Que se haga justicia”. Alba Lanzillotto, hermana de
Ana María, recordó los años de lucha: “Es bueno que le den una condena
alta. Estos juicios son posibles por la lucha de 30 años que lleva este
pueblo y un gobierno que empuja a tomar conciencia”. Julia Elena
Villagra, la hermana de Kitty, recibía el llamado de Bariloche.
“¡Perpetua, perpetua!”, dijo en una explosión de alegría. Catalina
Ovando explicó: “No celebro que ellos vayan a la cárcel, pero celebro
que no haya impunidad y que la Justicia los haya encontrado culpables.
Agradezco a mis abuelos que me buscaron toda la vida; la sociedad tiene
que entender que la apropiación no es un gesto de amor”.
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-215724-2013-03-13.html